Cabeza del Caballo

SEMANA SANTA PARA OLVIDAR

11/04/2020, por Cata


Recordar cuando el hornazo se comía cada año en un lugar. Ese lugar era donde por tradición se sembraba. El pueblo tenía tres "hojas" o partes de siembra. Una se sembraba, otra se araba para el año siguiente y la hoja cosechada descansaba, con lo que se sembraba cada hoja, una vez cada tres años, hoja de arriba, hoja de abajo y la del cacho, ahora con la concentración parcelaria casi todo el mundo se acerca a pasar el día al rÍo o a las cocinas que hay en muchas parcelas.

Antes los días del hornazo, eran simplemente el domingo y lunes de Pascua, ahora se comienza a salir el jueves, el día más fuerte es el sábado, ya que la mayoría de los que vienen a pasar los días de semana santa, si no han pedido el lunes libre, tienen que volver a sus lugares de residencia el domingo.

Semana Santa para olvidar, ya vendrá la Semana Santa 2021 y podremos disfrutar con más ilusión, después de perder de manera tan trágica la del 2020.

Os dejo un texto escrito por Tomás Rodríguez, ya publicado en esta página.

SEMANA SANTA

En los últimos años, el Ayuntamiento ha propiciado un pórtico insuperable a la Semana Santa de Cabeza del Caballo: la Marcha a la Puente Palo. Después de un invierno duro, flojo de lluvias y cruel en vientos glaciales, la primavera llegó justo el día en que realizamos la V Marcha (28 de abril). Cómo corre el tiempo. Se celebró un sábado de sol y pájaros, y fue el mejor anuncio de una semana cálida, de floraciones apresuradas. Primavera feroz, va mi ternura / por las más hondas venas derramada, dice el poeta Dámaso Alonso. Nosotros salimos camino de Mieza adelante hacia el puente de Robledino de Santo Domingo.

El río Uces es un río pequeño, pero corajudo. Aunque se debilita en verano, en los inviernos engorda y se embravece. Va a la mar a través del Duero. Todos vamos a la mar. Cada año que pasa se convierte en un tramo más de nuestro recorrido hacia la mar. Pero este día, primavera en los brotes, remontamos el camino río arriba hacia las fuentes de la vida, el baile y la memoria. Subimos pegados a la orilla, bordeando las rayas de Zarza de Pumareda, Cerezal de Peñahorcada y El Milano. En algunos textos antiguos la aldea vecina figura como El Milano del Comendador, ya que por estas tierras campeaban en la Edad Media los caballeros de la Orden de Santiago. Íbamos en fila india, por senderos angostos, entregados a la charla, las risas y el disfrute de los paisajes: Molino del cura de Barreras, Molino de Portocarros, Por Las Bozas y Vegamora, las veredas se cierran entre el follaje. Los entendidos señalan plantas exóticas del mundo de la infancia: anadejas, arrabazas, enguelgue, etc. Gracias al trabajo previo de Luis de Julio y Valentín, estas trochas se recuperan y tornan a convertirse en transitables.

El encuentro en los peñascales del Molino de Lucas no sólo se saldó con el aplauso de la multitud de excursionistas sino con la presencia acrecentada de coches y tamboriles. La fiesta incluye caminantes, niños, abuelos, forasteros y todos los que viven los impulsos del corazón y la naturaleza. Tras la comida, el aguardiente reparador y las rosquillas, arrancaron los bailes: el desahogo natural del esfuerzo cumplido se torna jolgorio. Chupaligas, Javi, Chemán, Jose, Manolo, Luis y los habituales de la jarana animaron, incansables, la función musical.

La modernidad ha dado un giro a las celebraciones de Semana Santa en el medio rural. Aunque se mantienen los ritos de la Pasión, estos se plantean más abiertos y esperanzados. No hay carracas, ni lienzos morados ni silencios. Los rezos han pasado al ámbito de la libertad personal y del espíritu. En estos días (jueves, viernes, sábado) las calles se llenan de gentes del pueblo que viven fuera, de grupos de jóvenes, de niños que juegan en el frontón, de matrimonios solazándose en la terraza del bar. Muchas familias cogen los coches y se marchan al campo a comer la merienda. Cesi y familia no dan abasto con los clientes que reclaman sus hornazos para irse al Puente, o a la parcela o a los recodos escondidos del río: el -locus amoenus- (lugar ameno) del que hablaban los clásicos. La historia se repite. Los antiguos romanos también se trasladaban a sus quintas, cuando llegaba el buen tiempo, para disfrutar de la paz y del renacer sigiloso de la vida. -Primavera la sangre altera-. Es lo mismo que persigue el hombre actual que huye de las ciudades en busca de un resquicio de sol y de sosiego. El aire limpio y los brotes pujantes de la naturaleza renuevan el ánimo, oxigenan la mente y abren caminos a la esperanza. Para gran parte de nosotros es como el regreso de Ulises a Ítaca: Feliz aquel (beatus ille) que, como Ulises, un día regresa a su tierra y saborea el agua y la paz de los antepasados, deambula tranquilo por el campo y escucha el canto de las aves. Cierto que a muchos el óxido del tiempo nos ha marcado con su impronta: el oído se entorpece, el olfato ya no capta los perfumes con la misma intensidad y las lejanías se pierden. Pero nos queda el fulgor de la memoria, que arde con fuerza dentro del corazón.

Esto es la Semana Santa. Salidas al campo. Paseos por los caminos al atardecer. Conversaciones reencontradas. Muchos cogerán el coche y se irán a dar una vuelta por Las Arribes. O visitarán a los amigos de los pueblos cercanos. O pasarán a Portugal, a recorrer las villas de Tras-os-Montes. El contorno está poblado de sugerencias. La visita a Vitigudino para dar una vuelta y tomarse un vino, forma parte del ritual de cada regreso a La Ramajería. Por más que el gran lujo del ?beatus ille? resulte, en realidad, ese rato de reposo y charla en un banco de la carretera, la terraza del bar o el cruce de cualquier camino.

Cuando llega el Domingo de Pascua -la gran fiesta del hornazo en otro tiempo-, a la mayoría nos invade la orfandad de la partida. Hay que volver a las maletas y al regreso al trabajo. Puede que todavía haya tiempo para un último paseo por las orillas del Uces. O para una visita apresurada a algún rincón predilecto del pasado. El lunes apenas permanecen ya los residentes. Algunos emigrantes, los que disfrutan de las mieles de la jubilación, aguantarán aún unos días. O hasta el verano, y más. Felices ellos. Se han quitado de encima el enojo de la despedida, aunque sea temporal, de los espacios de la infancia: robles, lirios, escobas en flor, caléndulas, pájaros bullidores.

En fin; la vida sigue. El agua del río Uces continúa en su viaje hacia el Duero. Hacia la mar. Pero nos queda la expectativa del próximo año. Una primavera de aire puro y sol en los frutales. Como esta de 2015.

Tomás Rodríguez





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